Grito Vacío
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martes, 20 de junio de 2017

Carne a la carne

               A pedazos me caigo por el camino. En la lejanía veo una posada y a una joven tendiendo. El sol se está poniendo y con ello mi sombra se vuelve más grande y pesada. Me apeo y miro mis bolsillos en busca de monedas sueltas. Palpo y noto el ruido metálico.

               Abro la puerta de la posada. Me acerco a la barra y con el gaznate áspero, pido una bebida. El posadero manda a la joven a por el whisky. Se disculpa porque no hay hielo, demasiado calor. Da igual. Cojo el vaso y me siento al fondo de la sala, esquivando miradas.

               Me siento y la silla se queja, dejo el vaso y miro la estancia. La joven de cabellos caoba que aun con prisas, sonreía a cada cliente con una luz impropia del lugar. Todos la mirábamos como se reía, como esquivaba con dulzura cada una de las pullas que le lanzaban los viejos.

               -Disculpe, ¿quiere otro?

               Su voz sonó como el amanecer, dulce y natural. Asentí con la cabeza y la observé más detenidamente. Aunque no abundante, pero si generoso busto, una cadena de plata lucía se balanceaba. No debería ser muy mayor, pero sí lo suficiente para empezar a ser cortejada.

               A medida que los clientes iban marchando, las horas se volvían más lentas. No paraba de mirarme. Nervioso y tal vez por el alcohol, le mantengo la mirada y le devuelvo la sonrisa. Y la noche seguía pasando.

               Ya solos, decidió sentarse. Me preguntó cómo me ganaba la vida y cómo podía estar allí, en aquel lugar de mala muerte. Le conté como llegué allí. Le dije que fue por ella que decidí entrar. Y solo escuchaba su sonrisa. Me cogió de la mano y me acompañó a donde el establo. Ya no había nadie, ni los caballos.

               Sonreía como podía por el alcohol y la dicha. No dijo nada, pero con agilidad me desabrochó los botones. Y con torpeza, le desaté el corsé y la falda. Si vestida era una estrella, desnuda era el sol. Se acostó sobre la ropa y fui persiguiendo su perfume.

               No recuerdo que tanto la besé, pero cada uno fue único. Su calor rozar con mis labios, sus labios morder mi cuello, fue bastante para perder la cordura. Mientras bajaba por su cuello con besos me detuve en su seno, mientras que con la otra mano acariciaba el otro. Mientras con la lengua lamía el pezón, con la otra mano agarraba el otro. Sus manos paseaban por mi espalda y mi pelo hasta llegar a mi cara, me arrastró a sus labios. Mientras me besaba, me agarró del pene y lo acariciaba. Yo la imité, me abrió sus piernas mientras bajaba la mano por su vientre. Estaba húmedo, cálido. Cuando mi dedo corazón rozó sus labios, se tensó un poco. Quería sentir su cuerpo, cuanto más acariciaba más quería. Le acaricié hasta sentir que el clítoris estaba hinchado. Le metí solo la yema del dedo y su beso se convirtió en un mordisco. Me excitó, bajé a besos de nuevo hasta llegar a su vagina, donde mi dedo ya había entrado y empecé a lamer. Ella estiraba mi pelo, me apretaba con las piernas. Unos pequeños espasmos y luego volvió a pedirme que la besara, la besé y me tumbó.

               Ahora ella encima de mí, sus muslos a cada lado de mi cabeza. Aun a oscuras podía ver su sexo húmedo enfrente de mí. Ella se agachó para poner mi miembro en su boca. Primero lo acarició, con la lengua rozaba el glande y para luego rodearlo, bajaba por el tronco. Me faltaba el aire, me ahogaba. Cuando por fin ya recuperaba el aliento, noté como el calor de su boca rodeaba por completo mi pene. Cerré los ojos y me dispuse a lamer su vagina, rodeando el clítoris hasta meterle la lengua. Ella succionaba con fuerza mientras que yo seguía lamiendo e introduciendo mis dedos dentro de ella.

               Cuando se detuvo, se incorporó y me miró a los ojos. Sus ojos a juego con sus cabellos y sus labios de miel me susurraban cosas. Se acercó y me besó mientras se sentaba sobre mi pene. Cálido y húmedo. Cuando entró todo, me sonrió. Una lágrima corría de sus ojos. Su cadena de plata no estaba. Pero ya no podía pensar. Subía y bajaba, yo agarraba sus senos y poco a poco iba pellizcando con ternura sus pezones. Cuando me besaba, ponía mis manos en sus caderas para moverla con más fuerza.

               Me empujó hasta tumbarme, puso sus manos sombre mi vientre y me montó. Vi como aceleraba, sentí como apretaba con más fuerza. Vi como su sonrisa se ensanchaba y ya no quedaba rastro de la lágrima. Agarré su culo y apreté su ano, sentía curiosidad. Aún apretó más y se detuvo, me miró y me mordió en el cuello. Me quitó las manos y se puso de espaldas a mí. Su sudor me excitaba aún más. Sentía como unas pequeñas convulsiones y unos gemidos contenidos.

               La tuve que parar, quería devolverle el favor. La agarré y me abrazó la cintura con los pies, la sujeté para mantenerla un poco separada y empecé a moverme. Penetraba lentamente hasta que no podía más y luego apretaba. Me consumía el ansía y quería más, así que la seguí penetrando, pero más rápido. Me arrodillé para tumbarla, la agarré por las muñecas para inmovilizarla y poder verla desnuda. Era maravillosa. La besé y lamí el sudor de entre sus senos.

               Volví a penetrarla, pero sin tanta fuerza, la besé y le puse la mano en su rostro. Quería que me mirase a los ojos. Cada vez más rápido, más calor y más sudor. Sentí que no podía aguantar más, ella me sonrió y asintió. Me susurró, solo un poco más. Aguanté lo que pude, ella tenía la mirada perdida y en un último apretón, sentí como se contraía y me apretaba. Noté como me arañaba la espalda y una oleada placer y cansancio me golpearon.


               Recuerdo tumbarme a su lado, recuerdo su calor y su sonrisa mientras dormía. Pero al despertar, seguía estando en el camino. Palpé mis bolsillos y donde había unas monedas, solo se encontraban unas pocas balas y un viejo revolver. 
 

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