Grito Vacío
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miércoles, 23 de diciembre de 2015

Otra historia romanticona y feliz

Estábamos felices de reencontrarnos, tú y yo. Hacía tanto tiempo que no escapábamos los dos solos del mundo. Encendiste el motor y ambos nos marchamos a la costa. Una mesa plegable, una vela y un par de fiambreras de comida china para llevar. 

Aparcaste el coche y empezamos como una máquina bien engrasada,  parar la pequeña mesa plegable. Tan felices, tan únicos. Me sonreías y me contabas tu día a día. Yo te escuchaba atentamente cada palabra para no perderme. Intentamos como seis veces encender la vela, en toda cena romántica hace falta una vela. Es el protocolo. 

A cualquier persona normal le hubiese parecido una cosa chalada, celebrar una cena para dos bajo una farola en un parking. Pero nos teníamos el uno al otro y el murmullo del mar y aquella tibia brisa tibia de verano. Tu con shorts y yo con tirantes. Pero lo que más recuerdo era tu sonrisa tan contagiosa. 

No se como te sentías, pero seguro que feliz, como yo. Estaba nervioso, casi tanto como el primer día que nos agarramos de la mano. Tus ojos grandes y brillantes, tan llenos de vida. Pocas veces los he visto así. Mi gran pequeña niña, me sentía completo en ese momento. Hablábamos, contábamos chistes tan nuestros. Aún se me escapa una sonrisa con recordarlo, aunque sea vago y aunque pase mucho tiempo... Estabas muy hermosa con el pelo suelto. 

La verdad pienso que no se por qué escribo esto... Tal vez esté divagando. No me paro en detalles porque para mí, no hay palabras para describirte aquella sensación. Tan dulce y tan cálida. Y aunque ahora el tiempo no nos lo permita, que sepas que esa cena no fue ni será la última. 

Al terminar de cenar, un par de fotos y unos vasos de vino para ambos, bendita pareja. Pasear agarrados de la mano como dos jóvenes amantes que éramos y somos. Con las mejillas rojas y con algún beso recogimos la mesa y los cachivaches. Te veías relajada, cómoda y contenta. Nos agarramos las manos como dos niños inocentes. 

La noche aún era joven. Y sin estar preparados, ambos nos agarramos con más fuerza de las manos, la oscuridad nos rodeaba, pero tú eras mi luna. No necesitaba más para llevarte conmigo hasta lo más profundo de mi mundo...

domingo, 29 de noviembre de 2015

Reanudar la novela

¡Hola gente! Muy buenas noches, tardes... lo que sea. Hoy o a partir de ahora pretendo volver de nuevo a escribir y retomar el hilo de esta mini novelita que me estoy preparando. Y la pienso volver a retomar ya que me sirve como escape a la rutina del día a día. 

En mi cabeza esta historia, ya tiene un final del cual la gente más cerca a mis círculos sociales ya ha escuchado para discutir. Aún falta que termine de allanar el nudo, plantear unas incógnitas más y ya empesar con la trama seria a mi gusto.

Aún estoy un poco corto de ideas, pero si alguien tiene algun interés o quiere discutir conmigo sobre que sería interesante, sería divertido para ambos y productivo. Si no, pues seguire con esto preparando nuevas tretas y situaciones cochambrosas o peculiares. 

Atentamente: El Autor.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Capítulo 2: Vacío e innombrable ( III )

A los veinte minutos, volvió con un la lista que le había pedido. Me miraba curiosa. Estaba inquieta, parecía una niña pequeña que quiere ver que hay en el sombrero del mago. Lie como pude el cigarrillo. Me miraba mientras yo como liaba aquel pitillo. Recordé al médico que me visitó en el calabozo, seguramente fue el quién metió los medicamentos que encontré hoy en mi cartera. Me trajo una cerveza, encendí el cigarrillo. Lo pensé con cuidado. Y hablé…

-Quiero una explicación. Dime por qué el día después de encontrarte medio muerta en la calle,  -me fijé que aún seguían todos aquellos moretones, ¿se habría limpiado los puntos?- un tipo viene a mi casa y nos muele a golpes, bueno, por qué intentó molerte a golpes. ¿Y qué coño hacías tú con una pistola? Primero un cuchillo… ahora una pistola. Un día matarás a alguien.

-Si respondo, ¿me dejarás quedarme?

-Depende. Dime la verdad y ya sabremos cómo movernos. ¿No?

-Fue por una pelea de bandas. Mis hermanos pertenecían a la banda de Hojas Rojas. Son…

-Se quién son. Fanáticos del fútbol, subidos hasta las cejas de drogas que después de un partido buscan peleas con los hinchas del otro equipo. Si, sé quiénes son. Gracias a esa gentuza, no es muy seguro andar por esta zona un día de partido.

-Bueno… sí. Pero ese día, fui con ellos a ver un partido entre el equipo local y el visitante. Y bueno, cuando mis hermanos me insistieron que me fuese, me fui por una de las puertas de atrás del campo de fútbol. Allí me encontré con Jandro, un hincha del equipo local, el tipo que vino aquí -entonces me miró el brazo-. Es conocido por ser una rata. Me lo encontré agazapado detrás de la puerta de nuestro palco y cuando me golpeó mis hermanos me oyeron gritar y vino todo el grupo –una lágrima rodó por su mejilla-. Y empezó el altercado. Yo hui todo lo aprisa que pude… Lo demás ya te lo imaginas. No es agradable recordarlo–se agarró de los brazos encogiéndose mientras se sentaba en el sofá.

 -¿Y la pistola…?

-Tú mismo lo has dicho. Las noches de partido, suelen haber peleas. Y los accidentes, pasan.

-¿Y por qué no vas con tus hermanos?

               -Mis hermanos son… No tienen casa. Están en una especie de habitaciones para empleados en los almacenes en que trabajan. Se volvieron parias. Debían pasta a quién no se le ha de pedir dinero… Y bueno, eso. Las cosas pasan.

               Me quedé callado mirándola. A ella y a sus profundos ojos verdes.  Pensé y di otra calada. Estaba llorando en silencio. Miré mi teléfono, no tenía batería.

               -Déjame tu teléfono. El mío no tiene batería, por favor. Ve y cámbiate.

               -¿Por? ¿No vas a dejar que me quede?

               -¡Vamos a celebrarlo! –recapacité- Espera, sí, voy a dejar que te quedes. Pero nada de problemas. No me gustaría dejarte tirada en la calle, ni que me partan las costillas esos Hojas Rojas.

               Oh dios, que sonrisa se dibujó en su rostro. Sin poder evitarlo pensé en su cuerpo desnudo. Me sonrojé. Ambos necesitábamos un trago y alguien con quien charlar. Llamé a Tomás. Ella volvió con una sudadera gris y unos pantalones vaqueros. Hacían sus piernas más largas.

               -¿Has ido alguna vez al bar que hay detrás de aquí?

               -Siempre me ha dado algo de repelús. No es el lugar que frecuenta una dama.

            -Una dama tampoco va a los partidos con buscapleitos –le reproché-. Aunque es cierto, da repelús.
               Solté una carcajada y me dolió todo el cuerpo, pero me sentí divino. Le sonreí y al abrir la puerta del local, le tendí la mano.

               -¡Henri! Pon dos pintas y un plato de especiales.

               -Oh, Frank. Me enteré que te encerraron en el calabozo –dijo con las garras en la mano.

               -Es cierto, pero ahora que soy un ex convicto, ¿me invitas hoy a todo lo que quiera?

               -Sabes que no. Quien no paga, friega. Son las normas, -miró a Natalia- ¿No me presentas a la señorita?

               -Soy Natalia. Mucho gusto. Está más limpio de lo que me imaginé…

               Miré de reojo a Henri. Si de algo estaba orgulloso era de bar. Era como su hijo. Le daba mucho mimo. Se acariciaba la barba sorprendido por la reacción de Natalia.

               -Cierto señorita Natalia. No siempre las cosas parecen lo que son. Así alejo a los indeseables. Por cierto Frank, ¿hoy vienes por lo…? Hace tiempo que no viene nadie interesante.

               -No sé, ¿me darás de beber hoy o mañana?

               La conversación decayó. Es cierto. Recuerdo que los primeros años que venía aquí era por los espectáculos. Habían músicos que borrachos se envalentonaban para tocar en el escenario, otros lo hacían enserio. Otros recitaban poesía y otros contaban historias. Allí, perdido entre la mierda y una era sin la luz de las buenas palabras. Sin el romanticismo, sin la magia… La cueva, el último bastión de Bohemia.

               Nunca llegó Tomás. Pero nosotros estábamos bebiendo sin cesar. Ella reía y yo la escuchaba embelesado. Sus palabras de miel, sus ojos de primavera.

               -¿Qué miras tanto? –dijo entre carcajadas-.

               -Nada, -me bebí lo que me quedaba en la pinta- voy a pedir otra.

               Cuando llegué a la barra, Henri apagó las luces. El ruido se volvió en susurro a coro. Se encendió un foco. Y el susurro cesó. Un muchacho estaba parado frente al micrófono.

               -Buenas noches señores, señoras… señoritas y señoritos. Vamos a comenzar con… el… si… esto… El show.

               El chico era un manojo de nervios. Estaba sudando y temblando un poco. Miraba inquieto la cartulina que tenía en la mano. Respiró tres veces. Cerró los ojos y al abrirlos mostró una gran quietud. Su voz se volvió como la ambrosía. No pedía atención. La reclamaba.

               -Hoy, tenemos un nuevo concursante. El señor Navarro. ¿Qué nos mostrará este desconocido?

               Las luces se apagaron. El susurro volvió. El foco volvió a iluminar el escenario. Allí estaba el médico del calabozo… Fui hasta la mesa donde estaba Natalia. Ella me miró.

               -¿Qué es este lugar? ¿Hasta músicos? Ni que fuese sacado de un cuento.

               El doctor me vio y me miró. Inclinó un poco la cabeza. Del estuche que tenía a sus pies, sacó una balalaica. Se oyeron susurros de exclamación, no era muy normal aquel instrumento por esta zona. Punteó un par de notas para reclamar la atención.


               Y el alcohol y las notas dejaron vagar mi mente. No sé cuándo terminó, pero cuando me di cuenta iba en dirección a casa tambaleándome. Cuando solo me quedaba girar la esquina, vi a Natalia besándose con el médico. No supe por qué, pero me escondí. Era Natalia, seguro. Me fui de allí, no podía seguir mirando. Di un paseo por las calles viejas de Valencia.  Y sin darme cuenta, me encontré vacío y sin nombre. 

Otro relato aparte

   Miro a la calle y un transeúnte me devuelve la mirada algo irritado. Hoy hace un sol que brilla con rabia y el aire caliente se vuelve cada vez más espeso. Ando por la calle pensando en mis cosas. Las más recientes. Me agobian pesadillas en la noche y de día, los malos pensamientos me abordan. Cuanto más quiero más pierdo. Cuanto más dura es la apuesta más pierdo. Tal vez sea por mi mala suerte o porque me confié demasiado. La suerte nunca estuvo de mi lado, hoy tampoco. Más me vale recordarlo.

   El sudor empapa mi frente y con un pañuelo me seco. Otro día en la calle buscando que hacer, un día más pensando en donde llevar estas ganas de hacer algo, algo bien. Mi negativismo a condicionado mi forma de ser, de pensar. No puedo permitir que esta sensación se apodere de mi. Pero sigiloso y cauto se ha conseguido colar de nuevo en mi. Las luces del ocaso ya no son las mismas cada día que las miro. Y aunque cada día sea distinto, mi forma de andar es la misma, cansado y pensado. 

   Tal vez sumergirme de nuevo en la fantasía para recobrar algo de aquella magia, me devuelva la esperanza cuando esté en pena, quizás sea lo mejor. Pero no. No debo caer ante la evasión de mis días. No puedo recluirme. He de enfrentarme a mí mismo y al reflejo que me mira cada mañana. Todo esto pienso y luego no hago nada.

   Serán los veinte años que llevo a la espalda, que tampoco son muchos, pero he visto demasiado. Tal vez sean pocos para comprender las cosas. Mi inmadurez también me condiciona, mi dependencia a mis ratos de soledad me hayan vuelto huraño. Pero las personas que no escuchan, me molestan. Las que escuchan poco pueden hacer para ayudar. No dependas de nadie, si puedes hacerlo tú. Es lo que estoy aprendiendo ahora. Ser débil de corazón, no me da excusa para no enfrentarme a mis demonios. Ni para escaparme de mis responsabilidades. Frente a mí se extiende aún, un sendero largo y sinuoso. Reconozco que tengo miedo.

   Estaré pensando demasiado o estaré pensando mal, me habré saltado algo. Pero no veo muchas luces en este hilo de pensamiento. Poca coherencia. Pero son mis pensamientos, pese lo que me pese, no puedo renegar de ellos. Y aunque lo odie, es mi odio. Aunque lo repudie, es mi repugnancia. Aunque lo ame, es mi amor. No puedo renegar por siempre de mi mismo, ni de mis errores.

viernes, 26 de junio de 2015

Capítulo 2: Vacío e innombrable ( II )

-¿Está Natalia?...

El guardia estaba zarandeándome. Solo había sido un sueño.

-Han venido a por ti. Sentimos las molestias.

-… ¡Frank! Hemos venido a por ti.

- (susurros)

-Sí, ve y ayúdale a levantarse. Solo han pasado dos días. Ve y no me hagas repetírtelo.

Era la tía Marian y una sombra detrás de ella. Era Natalia. Me miraba con lástima. No soporto que me miren con lástima. Solté un soplido, la miré con ira. Me levanté sin ayuda. Mi orgullo me mantenía de pie. Fui donde me llevaba el guardia. Me dieron una bandeja con mis objetos personales. Me giré hacia tía Marian.

-Ya debes saber que pasó…

-Sí. No tienes de que preocuparte, -la miré escéptico- es cierto, hace dos días encontraron la cabeza de ese tipo en el río. El cuerpo no lo han encontrado.

-Oh…

Me dejó descolocado. Miré a Natalia con dureza. No dije nada más hasta que llegué a casa. Allí aún estaba mi café, al lado del portátil y mis papeles. Ya no iba a necesitar esas hojas. Pero en el pasillo aún habían rastros de sangre reseca, mía sobretodo. Me detuve al vislumbrar la pistola entre los pliegues de la cama de Natalia. Ella estaba detrás de mí. Pasó por mi lado y me agarró de la mano. Me llevó de nuevo al comedor. La seguí.

-Siento que te golpearan… No…

-Cállate y no me vengas ahora con lástima. Tengo el brazo jodido, –estallé de pronto, por el dolor de mi brazo aún roto y el cansancio- te dije nada de problemas.

-Ya he hablado con Marian.

-¿Y…? –la miraba con fijeza. No me sostuvo mucho la mirada-.

-Dijo que debías ser tú quien tuviese la última palabra, -levantó su rostro y me miró fijamente a los ojos. Tenía enfrente a mí una elección importante. No me sostuvo la mirada mucho más rato- lo siento.

En mis manos estaba la decisión. No me gustaba su carácter, su tono. No quiero que me molesten. No quiero estorbos. La miré a los ojos y vi un brillo Olía a historia y tal vez por mi demencia  o que Dios se sentía un poco cabrón.

-Tráeme una cerveza fría, un paquete de RAW y unos filtros. Voy a darte una oportunidad a cambio de tu historia. Y date prisa. ¡Va, corre!

-¿Raw?

-Tabaco. Había un estanco en la calle de ahí detrás.


Me senté en el sillón miré por el balcón. Las calles y el cielo tenían el brillar metálico. Los vientos traían consigo la tormenta. Me daba igual. Con un poco de suerte habría encontrado un filón de oro. 

domingo, 7 de junio de 2015

Capítulo 2: Vacío e innombrable ( I )

“Dice ser el más fuerte, dice ser el más inteligente. No tiene miedo, ser invencible. Pero yo solo veo a otro hombre con miedo a la muerte.”
              
Me dolían los brazos, las piernas y creía que mi cabeza estaba colgando. Me sentía como una muñeca de trapo. Tuve un sueño, no sabría si llamarla una pesadilla. Recuerdo que estaba una sombra en una caja de cartón. Estaba la sombra triste sentada y observaba el infinito. No tenía ojos, lo recuerdo pero lo que creo que era su rostro me miró y sentí un escalofrío. Sentí miedo y asco por aquella sombra tan insignificante. Tan pequeña y quebradiza, pero aun así me hacía temblar. Su forma de mirar me partía el corazón. Me hacía llorar como un niño que no encuentra a su madre. Me hacía sentir insignificante. Me hacía sentir, que yo no debía estar allí.

Y de pronto abrí los ojos. Estaba en un calabozo. Un hombre con bata blanca bajaba por las escaleras. Me observaba.

-Hola, señor… ¿Muñóz? Debería poder escucharme. Si es así, cierre los ojos dos veces.

Me di cuenta que tenía el cuerpo paralizado. Esperé.

-Sé que usted está despierto. Lo sé muy bien. Así que escúcheme, deberá tomarse los medicamentos que he dejado a su izquierda. Tómelos cuando pueda. Y que el guardia no lo sepa. Nos han dado órdenes de no suministrar medicamentos a los presos.

Le miré a los ojos. Unos ojos profundos y tristes, el cabello gris y una bata tan blanca que parecía tener luz propia. Tenía un rostro afable, pero me descolocó su sonrisa. Conmovió mi corazón.
 
-Pareces joven –se encendió un cigarrillo, aspiró el humo como escogiendo las palabras y se decidió-. Antes, nosotros curábamos a cualquiera. Los que estudiamos para esto, queríamos salvar vidas. Pero desde el Cambio… todo se fue al garete. Una lástima. Tantos medicamentos que se tiran y tanta gente muriendo porque no los puede adquirir… Lo siento, estoy desvariando. Tómalo. Te sentirás mejor.


Se fue cojeando. Era alguien peculiar. Tomé como pude los medicamentos que me dejó. Me volví a acostar. Esta vez, soñé que volvía a encontrarme con Natalia el primer día que la encontré en casa. Vi perfectamente sus labios rojos, su cabello ondeando. Vi sus ojos verdes mirando por la ventana. Era como una elegante espada. Tan fría y tan mortal. Me miró y me arrodillé para besarle en la palma de su mano. Puso sus labios en mi frente y cerré los ojos. Me dejé llevar hasta que escuché una voz y el hedor a alcohol…

sábado, 30 de mayo de 2015

Capítulo 1: Cuando las cosas se tuercen

              Todo fue muy deprisa para mí. No recuerdo muy bien, pero conseguí cargarla como pude a la espalda. No enfocaba muy bien la calle, pero sin caer demasiadas veces conseguí llevarla a casa. Lo que recuerdo eran las voces y el sudor frío recorrer mi espalda. Si hubiesen vuelto… no quiero pensarlo. 

               Vi su cara cubierta de arañazos y moretones. Tenía una pinta fea, pero no podía arriesgarme a llevarla a algún hospital. Hoy era noche de bandas y a pesar de ser un barrio tranquilo, muchas pequeñas bandas iban buscando jaleo. Y aunque hubiésemos llegado al hospital, no llevaba mucho dinero. Recuerdo que mis padres me decían que cuando eran niños los hospitales eran públicos, que a pesar de estar atestados, atendían a quién hiciese falta. Pero las cosas han cambiado.

               Tenía una herida fea en el muslo y otra en el estómago. No tuve más opción que desnudarla. Tenía una piel hermosa. Tan blanca y tersa… Era un insulto ver todos aquellos moretones y heridas. ¿Pero qué podía hacer yo? Llené la bañera con agua tibia. Desinfecté todas sus heridas. Encontré más cicatrices de las que jamás había visto. Recorrí con la mirada cada curva de su cuerpo… buscando más heridas. Cuando el baño estuvo listo, yo ya estaba un poco lúcido pero ella seguía inconsciente. Hay personas que no las despierta ni una tormenta, eso pensé. Para mí era algo a favor, no sé qué cara me pondrá mañana. La bañé lo mejor que pude y con cuidado la sequé. Me fijé en sus labios rojos y en lo largas que eran sus pestañas. Su cabello húmedo le cubría los pechos, como si hubiese salido de algún cuadro. Me di cuenta que era bastante alta. Busqué algo de ropa que ponerle, cuando la acosté me permití darle un beso en la frente. Entonces me percaté que tenía fiebre, fui a por una aspirina que tenía en la cartera. Los medicamentos eran caros, pero para eso estaban, pensé. La diluí con el agua, le sería más fácil de tomar. Conseguí que se lo bebiese. Ahora, solo quedaba vigilar que no subiese la fiebre.

               -¡¿Quieres despertarte de una maldita vez?!

               Estaba siendo sacudido, la luz me molestaba. Conseguí abrir un ojo y aquella habitación no era la mía. Natalia aún estaba acostada pero estaba despierta. Los moretones habían oscurecido. Pobre. Me levanté como pude y me sequé la baba reseca.

               -¿Quieres café? –dije con voz ronca, no recibí respuesta.

               Fui a lavarme la cara. Joder, me dolía mucho la cabeza. Me puse el pijama, decidido, hoy no iba a salir. Le envié un mensaje a Tomás. No me apetecía charlar con nadie. Fui a la cocina y preparé una cafetera que tenía ya vieja. Volví a la habitación de Natalia.

               -No deberías levantarte. Te abrirás de nuevo las heridas -me observaba con detenimiento y luego palpó lentamente todo su cuerpo. Se puso roja como un tomate, después de ver su reacción yo también me sonrojé-.

                -Sí, mejor tráeme café. Lo voy a necesitar. Tengo que ir a trabajar.

               -Tú no vas a ir a ninguna parte hasta que yo lo diga. Con suerte llegarás a la esquina. Mira, si te digo la verdad, me da igual qué coño pasó anoche, pero no quiero jaleos en mi casa. ¿Comprendes? Si estás metida en algún pleito, quiero que recojas tus cosas y te vayas.

               -No tengo dónde ir. Además, no eres nadie para echarme de esta casa. He firmado un contrato con la casera.

               Tenía razón, pero no tenía ganas de discutir más con ella. Le convenía no hablar por las heridas que le cosí anoche como pude, sudaba demasiado. Debería de tener algo de fiebre. Así que callé y me fui a la cocina. Diluí otra pastilla en su café. No soy tan cabrón como para dejarla con fiebre y medio destrozada. Ya discutiríamos más tarde.

               -Cosí todas las heridas lo mejor que pude. No deberías no moverte. Me da repelús la sangre. Y esas sábanas que yo sepa, son mías.

               -Sé cuidar de mí misma –me miró con suficiencia, tenía unos ojos verdes brillantes- te agradezco la ayuda, pero ya no necesito más.

               Le tendí el café. Mejor si no hablo, no me gusta que me repliquen y menos alguien que está febril y cansado. Fui a por mis papeles para volver a sumergirme en la búsqueda.

               Cuanto más leía más me daba cuenta que aquello que yo buscaba no estaba allí. Eran las doce del mediodía, fui a la cocina y preparé un poco de estofado que dejé a fuego lento en el cazo. Volví al salón y  encendí el portátil para distraerme con algo de música.

               Le llevé un plato, debía de tener hambre, le suministré otro calmante. La fiebre había bajado, pero seguía sin fiarme. La fiebre es mala compañera. Le di el único mendrugo de pan que compré ayer y cuando terminó, me fui a por mí ración. Al rato, me había vuelto a mis libros y apuntes. No sabía que podría más hacer.

               Ya habían pasado casi cuatro cuando me di cuenta que ya había oscurecido y estaban llamando al timbre. Fui a abrir y me encontré con un hombre un poco más alto que yo, apestaba a tabaco y alcohol del malo. Tenía desde el brazo hasta el cuello tatuado.

               -¿Está Natalia? –y con el olor a alcohol, apestaba a problemas.

               -Aquí no vive nadie que se llame Natalia.

               -¿Oh? Juraría que sí, así que sé buen chico y déjeme pasar.


               Me empujó contra la pared y pasó. Instintivamente llamé a la policía. Solo tenía que retenerlo aquí y distraerlo. Uy… tan sencillo. Si fuese en alguna de mis historias, solo bastaría con cortarle el cuello. Pero en la realidad, esas cosas no se hacen. No, si no tienes dinero no puedes. El resto de mortales debemos o afrontar la horca o llamar a la policía. Mis rodillas temblaban, pero al escuchar el grito de Natalia mi sangre se heló… Otra vez…

                Fui hasta la habitación de Natalia y allí la vi. Agarrada por el pelo y recibiendo golpes.
               
             -Ahora ya no eres tan valiente. ¡Maldita zorra! ¿Qué miras? –sonrió mirándome- ¿Acaso te molesta mequetrefe?

               -Ayuda… -su voz era un susurro mezclado con lágrimas.

               Cargué contra él, chocamos contra la pared. Intercambiamos golpes, mejor dicho me los dio y yo acepté. No tenía en mente nada. Así que luego de chocar con él le di un golpe en las costillas y luego en la nariz. Él me empujó y me lanzó una silla que por suerte falló. Luego se abalanzó sobre mí, me golpeó con tanta fuerza que se me oscureció la vista. Mi boca sabía a sangre. Dolía y mucho. Conseguí quitármelo de encima. Hice que me siguiese por el pasillo, su gran tamaño le debería entorpecer en un pasillo pequeño. Me equivoqué. Me estampó contra una pared y me golpeó en la boca del estómago. Me escupió y su rostro reflejaba autosuficiencia y desprecio. Me dejó caer al suelo como si fuese un saco de arpillera. Me dolían las piernas. Me arrastré hacia mi cuarto donde tenía una mancuerna, él había vuelto para aporrear a Natalia.


 Esta vez el hombre estaba cubierto de sangre, mía, pero ahora Natalia estaba apuntándole con una pistola. No era de juguete. La mirada de ella, era turbia, debía ser por la fiebre, pero su mano no temblaba. La verdad es que de pronto, mi visión se nubló y recuerdo que antes de derrumbarme, el hombre salió de casa al escuchar las sirenas de la policía. También recuerdo que mi tía bajó con Ana y entre las dos me entablillaron el brazo. Los policías llegaron cuando estaba recostado en la cama. Pero lo que más recuerdo, era la risa triunfante del policía más bajito al detenerme…
 

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