Grito Vacío
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domingo, 28 de febrero de 2016

No sé, viva el mal...

Hace ya tiempo que no me enfrento al ordenador en busca de un retador de mi altura. Esta vez, esa joven de labios carmín oscuro, me mira. Qué sonrisa tan curiosa. Es un placer como persona. Seguramente sea por su viento fresco o por su falsa sonrisa. Esa si la conozco, pero eso no quita que sea hermosa. Su larga melena... Que hermosa es con su sonrisa y sus ojos claros. No sé, tampoco me he fijado.

Estoy borracho y con los auriculares. Pienso en demasiadas cosas  y una de ellas es ella. Que curioso brillo de ojos. Me hace volverme joven. Espero que otro disfrute su piel, sus ojos y su sonrisa... Pero lo que de verdad espero es que alguien explote su especial talento. Ser ella misma. No me enamorado. Solo veo el auténtico potencial en sus ojos. Me mentiría si dijese que no me gustaría zambullirme en ellos. Tan hermosos, tan jóvenes.

Jajajá,que puta ironía. Alguien más joven me pregunta por mi ceño fruncido. Es mi seña, mi firma en el momento que me fijo y siento que alguien vale la pena.

Peculiar y sentimental. Una sombra que vuelve del pasado ahora con ojos castaños oscuros y sensual lengua. Una sonrisa, se vuelve superficial. Una carcajada gutural me nace cada vez que me invoca con su mirada obscena. Me reitero si pienso escribir con la fuerza de un maremoto. Con la bestialidad de una tormenta de verano. Pero la juventud es hermosa. La juventud aún no ha gritado con lo que se espera de ella.

La mujer, tal ser vivo demuestra la perfección de la realidad, la fuerza de la naturaleza y la hermosa crueldad de la realidad. La mujer. Todas bellas a su modo, sabias, crueles... Todas. No todo lo que brilla es oro. He conocido mujeres que eclipsarían al sol y aún así siguen sin brillar. Solo que esta vez son eclipsadas por el humo de un cigarrillo o por el dorado brillo de una cerveza.

Joder. Hay tantas y tan únicas a su manera... Tantas y tan diversas que no sabría si una vida sería suficiente para conocer solo a una. Que puto suplicio.

Aunque solo hay una para mis ojos. Una que se merece que no solo escuche su historia, una que no solo le diga cosas bonitas... Una y solo una. Una que se merece que esté en su vida. Una con la que escribir mi historia sea cosa de dos. Ojos oscuros, melena larga y rostro excesivamente expresivo. Ella pasó de solo una a ser Ella. La única que de verdad me a sometido, la única por la que intercambiaría algo más que una sola parte de mí. Ella esta lejos y a la vez cerca. Para mí siempre será ella por más sombras que pueda tener. ¿Verdad? 

martes, 2 de febrero de 2016

Mierda...

   No he contado el números de amaneceres con los que me he encontrado ya. Pero hoy veo el salir del sol y solo se me antoja algo de rock. Una infusión fría en la taza y con la tripa vacía, miro por la ventana. Aún sin las gafas, ya sabía todo lo que iba a ver. Ahogué una sonrisa al escuchar una canción de esas a las que le tomas cariño. 

   Pienso, no estaría mal saber algo de música y poder tocar una guitarra. El rasgar de las cuerdas, notas que flotan por el aire. No una canción, solo con una melodía. Mi propio solo y para mi único público, yo y tejas frías. 

Toda esa utópica realidad para unos segundos de placer. Una pequeña grieta cruje el hielo y se vuelve el rugido atronador que parte el iceberg. Joder. Siempre hay alguien que lo jode.

-PUTA ALARMA. 

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Otra historia romanticona y feliz

Estábamos felices de reencontrarnos, tú y yo. Hacía tanto tiempo que no escapábamos los dos solos del mundo. Encendiste el motor y ambos nos marchamos a la costa. Una mesa plegable, una vela y un par de fiambreras de comida china para llevar. 

Aparcaste el coche y empezamos como una máquina bien engrasada,  parar la pequeña mesa plegable. Tan felices, tan únicos. Me sonreías y me contabas tu día a día. Yo te escuchaba atentamente cada palabra para no perderme. Intentamos como seis veces encender la vela, en toda cena romántica hace falta una vela. Es el protocolo. 

A cualquier persona normal le hubiese parecido una cosa chalada, celebrar una cena para dos bajo una farola en un parking. Pero nos teníamos el uno al otro y el murmullo del mar y aquella tibia brisa tibia de verano. Tu con shorts y yo con tirantes. Pero lo que más recuerdo era tu sonrisa tan contagiosa. 

No se como te sentías, pero seguro que feliz, como yo. Estaba nervioso, casi tanto como el primer día que nos agarramos de la mano. Tus ojos grandes y brillantes, tan llenos de vida. Pocas veces los he visto así. Mi gran pequeña niña, me sentía completo en ese momento. Hablábamos, contábamos chistes tan nuestros. Aún se me escapa una sonrisa con recordarlo, aunque sea vago y aunque pase mucho tiempo... Estabas muy hermosa con el pelo suelto. 

La verdad pienso que no se por qué escribo esto... Tal vez esté divagando. No me paro en detalles porque para mí, no hay palabras para describirte aquella sensación. Tan dulce y tan cálida. Y aunque ahora el tiempo no nos lo permita, que sepas que esa cena no fue ni será la última. 

Al terminar de cenar, un par de fotos y unos vasos de vino para ambos, bendita pareja. Pasear agarrados de la mano como dos jóvenes amantes que éramos y somos. Con las mejillas rojas y con algún beso recogimos la mesa y los cachivaches. Te veías relajada, cómoda y contenta. Nos agarramos las manos como dos niños inocentes. 

La noche aún era joven. Y sin estar preparados, ambos nos agarramos con más fuerza de las manos, la oscuridad nos rodeaba, pero tú eras mi luna. No necesitaba más para llevarte conmigo hasta lo más profundo de mi mundo...

domingo, 29 de noviembre de 2015

Reanudar la novela

¡Hola gente! Muy buenas noches, tardes... lo que sea. Hoy o a partir de ahora pretendo volver de nuevo a escribir y retomar el hilo de esta mini novelita que me estoy preparando. Y la pienso volver a retomar ya que me sirve como escape a la rutina del día a día. 

En mi cabeza esta historia, ya tiene un final del cual la gente más cerca a mis círculos sociales ya ha escuchado para discutir. Aún falta que termine de allanar el nudo, plantear unas incógnitas más y ya empesar con la trama seria a mi gusto.

Aún estoy un poco corto de ideas, pero si alguien tiene algun interés o quiere discutir conmigo sobre que sería interesante, sería divertido para ambos y productivo. Si no, pues seguire con esto preparando nuevas tretas y situaciones cochambrosas o peculiares. 

Atentamente: El Autor.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Capítulo 2: Vacío e innombrable ( III )

A los veinte minutos, volvió con un la lista que le había pedido. Me miraba curiosa. Estaba inquieta, parecía una niña pequeña que quiere ver que hay en el sombrero del mago. Lie como pude el cigarrillo. Me miraba mientras yo como liaba aquel pitillo. Recordé al médico que me visitó en el calabozo, seguramente fue el quién metió los medicamentos que encontré hoy en mi cartera. Me trajo una cerveza, encendí el cigarrillo. Lo pensé con cuidado. Y hablé…

-Quiero una explicación. Dime por qué el día después de encontrarte medio muerta en la calle,  -me fijé que aún seguían todos aquellos moretones, ¿se habría limpiado los puntos?- un tipo viene a mi casa y nos muele a golpes, bueno, por qué intentó molerte a golpes. ¿Y qué coño hacías tú con una pistola? Primero un cuchillo… ahora una pistola. Un día matarás a alguien.

-Si respondo, ¿me dejarás quedarme?

-Depende. Dime la verdad y ya sabremos cómo movernos. ¿No?

-Fue por una pelea de bandas. Mis hermanos pertenecían a la banda de Hojas Rojas. Son…

-Se quién son. Fanáticos del fútbol, subidos hasta las cejas de drogas que después de un partido buscan peleas con los hinchas del otro equipo. Si, sé quiénes son. Gracias a esa gentuza, no es muy seguro andar por esta zona un día de partido.

-Bueno… sí. Pero ese día, fui con ellos a ver un partido entre el equipo local y el visitante. Y bueno, cuando mis hermanos me insistieron que me fuese, me fui por una de las puertas de atrás del campo de fútbol. Allí me encontré con Jandro, un hincha del equipo local, el tipo que vino aquí -entonces me miró el brazo-. Es conocido por ser una rata. Me lo encontré agazapado detrás de la puerta de nuestro palco y cuando me golpeó mis hermanos me oyeron gritar y vino todo el grupo –una lágrima rodó por su mejilla-. Y empezó el altercado. Yo hui todo lo aprisa que pude… Lo demás ya te lo imaginas. No es agradable recordarlo–se agarró de los brazos encogiéndose mientras se sentaba en el sofá.

 -¿Y la pistola…?

-Tú mismo lo has dicho. Las noches de partido, suelen haber peleas. Y los accidentes, pasan.

-¿Y por qué no vas con tus hermanos?

               -Mis hermanos son… No tienen casa. Están en una especie de habitaciones para empleados en los almacenes en que trabajan. Se volvieron parias. Debían pasta a quién no se le ha de pedir dinero… Y bueno, eso. Las cosas pasan.

               Me quedé callado mirándola. A ella y a sus profundos ojos verdes.  Pensé y di otra calada. Estaba llorando en silencio. Miré mi teléfono, no tenía batería.

               -Déjame tu teléfono. El mío no tiene batería, por favor. Ve y cámbiate.

               -¿Por? ¿No vas a dejar que me quede?

               -¡Vamos a celebrarlo! –recapacité- Espera, sí, voy a dejar que te quedes. Pero nada de problemas. No me gustaría dejarte tirada en la calle, ni que me partan las costillas esos Hojas Rojas.

               Oh dios, que sonrisa se dibujó en su rostro. Sin poder evitarlo pensé en su cuerpo desnudo. Me sonrojé. Ambos necesitábamos un trago y alguien con quien charlar. Llamé a Tomás. Ella volvió con una sudadera gris y unos pantalones vaqueros. Hacían sus piernas más largas.

               -¿Has ido alguna vez al bar que hay detrás de aquí?

               -Siempre me ha dado algo de repelús. No es el lugar que frecuenta una dama.

            -Una dama tampoco va a los partidos con buscapleitos –le reproché-. Aunque es cierto, da repelús.
               Solté una carcajada y me dolió todo el cuerpo, pero me sentí divino. Le sonreí y al abrir la puerta del local, le tendí la mano.

               -¡Henri! Pon dos pintas y un plato de especiales.

               -Oh, Frank. Me enteré que te encerraron en el calabozo –dijo con las garras en la mano.

               -Es cierto, pero ahora que soy un ex convicto, ¿me invitas hoy a todo lo que quiera?

               -Sabes que no. Quien no paga, friega. Son las normas, -miró a Natalia- ¿No me presentas a la señorita?

               -Soy Natalia. Mucho gusto. Está más limpio de lo que me imaginé…

               Miré de reojo a Henri. Si de algo estaba orgulloso era de bar. Era como su hijo. Le daba mucho mimo. Se acariciaba la barba sorprendido por la reacción de Natalia.

               -Cierto señorita Natalia. No siempre las cosas parecen lo que son. Así alejo a los indeseables. Por cierto Frank, ¿hoy vienes por lo…? Hace tiempo que no viene nadie interesante.

               -No sé, ¿me darás de beber hoy o mañana?

               La conversación decayó. Es cierto. Recuerdo que los primeros años que venía aquí era por los espectáculos. Habían músicos que borrachos se envalentonaban para tocar en el escenario, otros lo hacían enserio. Otros recitaban poesía y otros contaban historias. Allí, perdido entre la mierda y una era sin la luz de las buenas palabras. Sin el romanticismo, sin la magia… La cueva, el último bastión de Bohemia.

               Nunca llegó Tomás. Pero nosotros estábamos bebiendo sin cesar. Ella reía y yo la escuchaba embelesado. Sus palabras de miel, sus ojos de primavera.

               -¿Qué miras tanto? –dijo entre carcajadas-.

               -Nada, -me bebí lo que me quedaba en la pinta- voy a pedir otra.

               Cuando llegué a la barra, Henri apagó las luces. El ruido se volvió en susurro a coro. Se encendió un foco. Y el susurro cesó. Un muchacho estaba parado frente al micrófono.

               -Buenas noches señores, señoras… señoritas y señoritos. Vamos a comenzar con… el… si… esto… El show.

               El chico era un manojo de nervios. Estaba sudando y temblando un poco. Miraba inquieto la cartulina que tenía en la mano. Respiró tres veces. Cerró los ojos y al abrirlos mostró una gran quietud. Su voz se volvió como la ambrosía. No pedía atención. La reclamaba.

               -Hoy, tenemos un nuevo concursante. El señor Navarro. ¿Qué nos mostrará este desconocido?

               Las luces se apagaron. El susurro volvió. El foco volvió a iluminar el escenario. Allí estaba el médico del calabozo… Fui hasta la mesa donde estaba Natalia. Ella me miró.

               -¿Qué es este lugar? ¿Hasta músicos? Ni que fuese sacado de un cuento.

               El doctor me vio y me miró. Inclinó un poco la cabeza. Del estuche que tenía a sus pies, sacó una balalaica. Se oyeron susurros de exclamación, no era muy normal aquel instrumento por esta zona. Punteó un par de notas para reclamar la atención.


               Y el alcohol y las notas dejaron vagar mi mente. No sé cuándo terminó, pero cuando me di cuenta iba en dirección a casa tambaleándome. Cuando solo me quedaba girar la esquina, vi a Natalia besándose con el médico. No supe por qué, pero me escondí. Era Natalia, seguro. Me fui de allí, no podía seguir mirando. Di un paseo por las calles viejas de Valencia.  Y sin darme cuenta, me encontré vacío y sin nombre. 

Otro relato aparte

   Miro a la calle y un transeúnte me devuelve la mirada algo irritado. Hoy hace un sol que brilla con rabia y el aire caliente se vuelve cada vez más espeso. Ando por la calle pensando en mis cosas. Las más recientes. Me agobian pesadillas en la noche y de día, los malos pensamientos me abordan. Cuanto más quiero más pierdo. Cuanto más dura es la apuesta más pierdo. Tal vez sea por mi mala suerte o porque me confié demasiado. La suerte nunca estuvo de mi lado, hoy tampoco. Más me vale recordarlo.

   El sudor empapa mi frente y con un pañuelo me seco. Otro día en la calle buscando que hacer, un día más pensando en donde llevar estas ganas de hacer algo, algo bien. Mi negativismo a condicionado mi forma de ser, de pensar. No puedo permitir que esta sensación se apodere de mi. Pero sigiloso y cauto se ha conseguido colar de nuevo en mi. Las luces del ocaso ya no son las mismas cada día que las miro. Y aunque cada día sea distinto, mi forma de andar es la misma, cansado y pensado. 

   Tal vez sumergirme de nuevo en la fantasía para recobrar algo de aquella magia, me devuelva la esperanza cuando esté en pena, quizás sea lo mejor. Pero no. No debo caer ante la evasión de mis días. No puedo recluirme. He de enfrentarme a mí mismo y al reflejo que me mira cada mañana. Todo esto pienso y luego no hago nada.

   Serán los veinte años que llevo a la espalda, que tampoco son muchos, pero he visto demasiado. Tal vez sean pocos para comprender las cosas. Mi inmadurez también me condiciona, mi dependencia a mis ratos de soledad me hayan vuelto huraño. Pero las personas que no escuchan, me molestan. Las que escuchan poco pueden hacer para ayudar. No dependas de nadie, si puedes hacerlo tú. Es lo que estoy aprendiendo ahora. Ser débil de corazón, no me da excusa para no enfrentarme a mis demonios. Ni para escaparme de mis responsabilidades. Frente a mí se extiende aún, un sendero largo y sinuoso. Reconozco que tengo miedo.

   Estaré pensando demasiado o estaré pensando mal, me habré saltado algo. Pero no veo muchas luces en este hilo de pensamiento. Poca coherencia. Pero son mis pensamientos, pese lo que me pese, no puedo renegar de ellos. Y aunque lo odie, es mi odio. Aunque lo repudie, es mi repugnancia. Aunque lo ame, es mi amor. No puedo renegar por siempre de mi mismo, ni de mis errores.

viernes, 26 de junio de 2015

Capítulo 2: Vacío e innombrable ( II )

-¿Está Natalia?...

El guardia estaba zarandeándome. Solo había sido un sueño.

-Han venido a por ti. Sentimos las molestias.

-… ¡Frank! Hemos venido a por ti.

- (susurros)

-Sí, ve y ayúdale a levantarse. Solo han pasado dos días. Ve y no me hagas repetírtelo.

Era la tía Marian y una sombra detrás de ella. Era Natalia. Me miraba con lástima. No soporto que me miren con lástima. Solté un soplido, la miré con ira. Me levanté sin ayuda. Mi orgullo me mantenía de pie. Fui donde me llevaba el guardia. Me dieron una bandeja con mis objetos personales. Me giré hacia tía Marian.

-Ya debes saber que pasó…

-Sí. No tienes de que preocuparte, -la miré escéptico- es cierto, hace dos días encontraron la cabeza de ese tipo en el río. El cuerpo no lo han encontrado.

-Oh…

Me dejó descolocado. Miré a Natalia con dureza. No dije nada más hasta que llegué a casa. Allí aún estaba mi café, al lado del portátil y mis papeles. Ya no iba a necesitar esas hojas. Pero en el pasillo aún habían rastros de sangre reseca, mía sobretodo. Me detuve al vislumbrar la pistola entre los pliegues de la cama de Natalia. Ella estaba detrás de mí. Pasó por mi lado y me agarró de la mano. Me llevó de nuevo al comedor. La seguí.

-Siento que te golpearan… No…

-Cállate y no me vengas ahora con lástima. Tengo el brazo jodido, –estallé de pronto, por el dolor de mi brazo aún roto y el cansancio- te dije nada de problemas.

-Ya he hablado con Marian.

-¿Y…? –la miraba con fijeza. No me sostuvo mucho la mirada-.

-Dijo que debías ser tú quien tuviese la última palabra, -levantó su rostro y me miró fijamente a los ojos. Tenía enfrente a mí una elección importante. No me sostuvo la mirada mucho más rato- lo siento.

En mis manos estaba la decisión. No me gustaba su carácter, su tono. No quiero que me molesten. No quiero estorbos. La miré a los ojos y vi un brillo Olía a historia y tal vez por mi demencia  o que Dios se sentía un poco cabrón.

-Tráeme una cerveza fría, un paquete de RAW y unos filtros. Voy a darte una oportunidad a cambio de tu historia. Y date prisa. ¡Va, corre!

-¿Raw?

-Tabaco. Había un estanco en la calle de ahí detrás.


Me senté en el sillón miré por el balcón. Las calles y el cielo tenían el brillar metálico. Los vientos traían consigo la tormenta. Me daba igual. Con un poco de suerte habría encontrado un filón de oro. 
 

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