Grito Vacío
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viernes, 10 de febrero de 2017

Otro relato corto (5)

            Un silencio incómodo se apoderó de la situación. El chico lo miraba a los ojos, tenía las pupilas dilatadas. Shiin se fijó en la postura del crío y se dio cuenta que tenía miedo. Decidió probar otra cosa. Se acercó a la hoguera, cogió una pequeña ramita que apagó con un poco de tierra. De su bolsa sacó otro cuaderno desgastado. Escribió un par de cosas, lo cerró y lo guardó de nuevo.

            Se acercó al chico y cogió el libro de sus manos. También lo guardó. Miró fijamente a la hoguera, las llamas danzaban frenéticamente y se colocó la capucha ocultando de nuevo su rostro.

            Adentrada la noche, el niño aún seguía despierto, con los ojos abiertos. No había recibido ningún golpe y eso era nuevo. Se levantó del suelo y se acercó al hombre que dormía profundamente. Luego intentó alcanzar la mochila del hombre aquel con tal de conseguir aquel pequeño libro. Quería sentirlo entre las manos. Y en ese instante, un ojo frío como el hielo lo observaba y una luz pequeña y roja como la sangre envuelta en tinieblas lo contemplaban fijamente. No podía apartar la mirada de aquellos dos ojos. No era miedo, era terror. No fue capaz de mover ningún músculo. El hombre se levantó, su rostro era una más cara de piedra y sombras.

            -Deja eso… No tienes permiso… -pronunció esas palabras sin mover los labios. Y un montón de imágenes, sensaciones y pensamientos pasaron por su mente.

            Lentamente alejó sus manos de la bolsa. Se retiró un poco, pero antes de alejarse mucho el hombre le agarró el rostro y lo acercó a él. Sintió como si lo estuviese engullendo el barro. Hasta que perdió la consciencia y llegó la oscuridad y el olor a canela.


            Al día siguiente despertó con un gran dolor de cabeza, vio a Shiin hirviendo un poco de agua con unas pocas hojas que no supo recordaba haberlas visto nunca. Miró a los ojos a Shiin y éste le devolvió la mirada como pudo. No había rastro de ninguna luz roja en su cuenca vacía. ¿Sólo habría sido un sueño?

miércoles, 8 de febrero de 2017

Otro relato corto (4)

         Se acercaba la primavera cuando ya era capaz de moverse por su cuenta. No intercambiaban ninguna palabra. No sabía hablar. Miraba siempre alrededor, nunca había visto nada parecido a lo que no fuese los alrededores del pueblo. Era un mundo nuevo para su joven vista.

            Anduvieron por senderos en medio de las montañas, cruzaron ríos e incluso fueron una vez en una barcaza. Cuanto más andaban más lejos quedaban los recuerdos de la aldea.

            Se detuvieron al borde del camino. Él se fue a por agua como todas las veces que paraban. El hombre improvisaba una pequeña hoguera y sacaba un cazo de metal. Cuando volvió, él ya estaba leyendo aquel pequeño y viejo libro. Le quedaban pocas páginas. El hombre se levantó y dejó el libro en el tronco mientras que el chico le daba el agua.

            El niño por primera vez sintió curiosidad y fue a donde estaba el libro. Pasaba hoja tras hoja, con los ojos abiertos como platos. No había nada en aquel libro. Estaba en blanco. Escuchó al hombre reírse. Lo miró y por primera vez vio su rostro. Le faltaba un ojo, estaba cubierto de cicatrices. El ojo sano era de un color azul zafiro que lo miraba con astucia.

            -Por fin muestras algo de humanidad, chico. Supongo que has de ser mudo. Ya que no hablas. ¿Puedes escribir tu nombre?

            No comprendía lo que decía aquel hombre.

            -Yo soy Shiin -dijo señalándose a sí mismo-, ¿y, tú? -señalándole a él.

Al ver al hombre que estaba esperando una respuesta, rescató de sus recuerdos algo que aprendió a golpes… El chico negó con la cabeza. Abrió los agrietados y polvorientos labios.

            -No.


(:Holas a los que me siguen leyendo, me gustaría vuestras opiniones D:)

domingo, 5 de febrero de 2017

Otro relato corto (3)

            Al abandonar el pueblo, completamente desnudo y magullado. Tiritando del frío, deambuló por el bosque en una noche sin luna. Lloraba en silencio, puesto que se había quedado sin voz después de gritar de dolor. De sus ojos, las lágrimas tampoco salían, eran pequeñas gotas de hielo.

            El shock fue demasiado para su joven mente, las imágenes de la viuda colgada corrían entremezcladas con el griterío y la violencia en el pueblo. Aun así, siguió andando.

            Al día siguiente, ya no se sostenía en sus pies despellejados y quemados por la nieve. Calló en el camino. Estaba tan cansado que no oyó la carreta que se acercaba…

            Cuando abrió los ojos, se encontró enfrente de una pequeña hoguera, un cuenco con algo parecido a un estofado y enrollado con mantas y con una ropa que no era suya.

            -Come un poco, no es mucho.

            Un hombre mayor, le miraba desde las sombras proyectadas por las titilantes llamas. Al ver que el niño no le entendía, le señalo el cuenco. Se forzó a comer, sabía a meados aquello. Aun así, comió. El hambre crecía a la vez que la porción menguaba. Al terminar, el sueño volvió.

            Cada vez que despertaba, se sentía mejor. Cuando abría los ojos, estaba en un sitio diferente y siempre aquel hombre tenía el pequeño libro en la mano. Y aunque las sombras ocultasen su rostro, sentía que le estaba mirando a él.

             
(Holas, me gustaría conocer vuestra opinión y que querríais añadir, ya que la escribo sobre la marcha. )

viernes, 3 de febrero de 2017

Otro relato corto (2)

La primera señal en llegar, fue el invierno y sus gélidas nevadas. Ni a los lobos se les escuchaba. Ancianos y ancianas atrancaban sus puertas al caer el sol. Los niños no salían a jugar con la pelota.

La segunda señal fue a manos del mercader que llegó escoltado con guardias. La gente del pueblo no pudo comprar, él tampoco podía vender.


En el pueblo no había sentado bien que sus conocidos y familiares no volviesen aún de la guerra. Mujeres, niños y niñas desconsolados, ancianos ya sin vida. La histeria y el pesar se palpaba en el aire. Fue entonces cuando ocurrió. Al irse el mercader, desapareció la viuda. La gente se reía nerviosa, pensando que la vieja mujer había tenido un romance. Intentaron distraerse hasta que encontraron en la ermita del antiguo culto a la viuda. El cuerpo inerte y amoratado de la anciana colgaba como una marioneta. A sus pies, unas pequeñas huellas y una pequeña piedra negra mate. Siguieron con la mirada asombrados y estupefactos las pequeñas pisadas. Allí en una esquina esta nuestro chico. Temblando, con los ojos enrojecidos, descalzo y magullado. Sus manos manchadas de sangre y frías.

Horrorizados, cogieron al niño por el cuello y lo despojaron de su raída camisa y sus pantalones de lona. Lo apedrearon, las ancianas lloraban y maldecían. Le escupían y le lanzaron orines. El pánico estaba escrito en el rostro de cada uno. El odio les hacía escupir todo el veneno de sus corazones. A su vez, ellos mismos se dejaban engullir. Nadie quiso ayudar al niño, nadie se molestó en escucharle.


Nadie se preguntó, ¿Qué ocurrió?...

jueves, 2 de febrero de 2017

Otro relato corto

-Hablando de contar historias alrededor de una hoguera, me acuerdo de una.

-Adelante, cuéntanos.

-Ponme un poco más de vino…

Esta historia no tiene moraleja, no es una leyenda, no. Esta historia es para recordar y temer el poder de la magia y sus secretos. Os invito a escucharla, como vosotros me habéis acogido en vuestra hoguera.

Recordemos lo que nuestros abuelos nos contaban, de aquellos inviernos fríos y oscuros. Temed al silencio, temed a la calma. Todos recordáis el cataclismo y el Gremio de la Rosa.

Lo que os voy a contar es una historia de cierto muchacho. Aún con los estragos de la guerra de los fierros. Muchos jóvenes que no tenían la fuerza necesaria para tan siquiera empuñar una espada, se quedaron en sus hogares esperando a un padre o a un hermano volver.

Nuestro muchacho, no fue como ellos. No esperaba a nadie, era un huérfano. Una viuda lo había acogido con la condición de trabajar en el granero, que su difunto marido dejó a su cuidado.

Aquella mujer y él, coexistían en un silencio sepulcral. Aquel muchacho siempre mantenía la distancia. Muy de vez en cuando gruñía como muestra de entendía lo que le decía.   

Un chico callado y sin nadie que lo echase de menos, una mujer solitaria demasiado mayor para volver a casarse y lo suficientemente joven como para tener un hijo. Eran el centro de los rumores de por aquella zona. Ya sabéis como son los pueblos.

Por ese mismo motivo, nadie sospechó de nada cuando ocurrió. He aquí donde empieza esta historia. Con el frío y el juego de luces y sombras… Comencemos. 




(Si alguien me sigue leyendo, dad señales de vida y lo seguiré)
Autor de la imagen: Borja Talens

miércoles, 1 de febrero de 2017

Si muero

                   No estaría feliz, estaría muerto. Tampoco estaría triste ni enfadado. Estaría muerto y frio. Estaría muerto como esta entrada.

               En el instante en que mi vida pasase por delante de mis ojos, sí que estaría triste, pero sobretodo enfadado. Muy cabreado y no por morir, sino porque no tengo nada que destacar en mi vida. Nada de que sentirme orgulloso. Vería como tomo una y otra vez cada decisión que he tomado y vería como me he equivocado. Aunque aún tengo tiempo o eso creo. 

               Nacemos ricos en tiempo y lo derrochamos. Aunque hay veces que no es malo, el cuerpo y el alma necesitan descansar. Pero de esas veces, muchas, nos volvemos perezosos, al menos yo. Me pongo a divagar sin obtener respuesta a nada, apartando los miedos y los problemas. Perdiendo el tiempo de manera excesiva, huyendo de la verdadera cuestión que resolver. Y eso es triste.

               ¿Qué hacer ahora? La solución no es hacer muchas cosas, ni muy rápido. Ya que sería presa del miedo. E indistintamente funcionasen las cosas o no, el resultado sería el mismo.

               Y aunque sé que debo hacer algo, lo primero ha de ser imponer prioridades. Un horario, domar mi tiempo. Decidir en qué gastarlo. Y aunque fracase o triunfe, ambos finales me enseñan cosas necesarias para más adelante. Ya que el conocimiento es mi mejor baza ante el silencio.

               Cuerpo sano, mente sana. Tal vez sea la clave del misterio y sea la pereza la que me vende los ojos y me susurre al oído que eso es solo una falacia. Pero voy a ignorar a ambos. Haré caso al silencio, a la calma y a la quietud. Y moverme entre mis problemas y desollándolos. Viendo que se cuece e ir por partes.


               Y aunque dude y falle, es mi método y mi vida. Aún no he muerto.

martes, 17 de enero de 2017

Llegó

Llegado el momento, me encuentro de nuevo en una encrucijada. Ante las posibilidades que me ofrece la vida, no se cual elegir. Tengo tantas preguntas en mi cabeza y no sé por cual empezar. Tengo proyectos inacabados y cosas que me dan pereza empezar. Me temo que esta es otra carta al olvido.

Las cosas pasan por un motivo, un cambio. Solo se necesita de un segundo para apretar el gatillo y que la vida pase por delante de tus ojos. Las cosas, no tienen el mismo sabor que ya era poco, pero era suficiente. Ahora nada.

Ahora intento distraerme y curiosamente concentrarme a la vez. Mi primer objetivo es adaptarme, que el silencio no me agobie. Y os aseguro que eso no se vence con solo ruido, no. El silencio se esconde en cada coma, en cada suspiro. El silencio no desaparece, el silencio se reafirma a pesar que lo intentes llenar, pero el siempre sigue ahí. En el momento en que desfallezcas y las fuerzas te fallen, en el instante en que te pares a pensar, volverá.

Ahora estoy desarmado, ahora ni de mi boca salen palabras. Siento al silencio acechando y con eso basta para que sienta su aliento en mi nuca. Quizá no aparezca y me acostumbre simplemente a tenerlo cerca, eso el tiempo lo decidirá.

Pero con el sol de cara y el viento de frente, veo como las nubes se acercan y siento que el tiempo nunca se detendrá. Por ahora solo veo una opción y es cerrar los ojos, suspirar y volver a abrirlos, a buscar un poco de fuerza dentro de mí. A despertar de este letargo, volver a levantarme y que a pesar de que me duela todo, seguir firme y mirar hacia delante.

 

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